jueves, 19 de diciembre de 2019

ADVIENTO Y SU ACONTECER HISTÓRICO...


ADVIENTO Y SU ACONTECER HISTÓRICO.


NUESTRA TESIS.


En una interpretación absolutamente positiva de la historia salvífica la Iglesia durante los distintos tiempos fuertes de la liturgia quiere mostrarnos como vivirlos, como si se tratara de un acontecimiento que apenas está sucediendo. Esta primicia nos invita decididamente a contemplar el Adviento como un auténtico llamado a involucrarnos en el nacimiento espiritual del Salvador…


RESUMEN.


El tiempo litúrgico de Adviento al ser establecido sigue coherentemente las concordancias con la preparación para vivir los momentos definitivos en la vida y obra del Redentor. Estamos afirmando que cada tiempo litúrgico posee su propio énfasis y motivo, y el Adviento entra en esta consideración por la lógica misma de ser un tiempo señalado por la liturgia y la tradición de la Iglesia (1). La Iglesia deseosa de contribuir decididamente a la formación espiritual de sus hijos los bautizados señala el nacimiento del Salvador, no en fecha concreta aparentemente, sino como el movimiento de la Fe común que ratifica el advenimiento mesiánico y todo su contenido supra-escatologico (2) en cada tiempo vivido por la humanidad. No es propiamente los señalamientos de una determinada acción puntual sino de la preparación inicial al nacimiento de Jesús. Toda su simbología, sus términos y contenidos nos permiten hoy recrear espiritualmente lo sucedido hace ya 2000 años. La dialéctica de este tiempo litúrgico enfrenta la tesis de su existencia desmitificada cada día más, pero de increíble necesidad en la purificación de la mente y conciencia de los creyentes, Un acontecer sujeto a la praxis de la Fe de la Iglesia y por ende de sus hijos los bautizados. Un tiempo sin tiempo, pero percibido bajo la inspiración del Kairós de Dios en su Hijo el Redentor (3). Tal comprensión del tiempo salvífico es posible al remarcar los momentos de la Salvación. Los signos de este tiempo fuerte en la liturgia de la Iglesia nos invitan a redoblar nuestros esfuerzos por vivir la opción fundamental por Cristo, la misma iniciada en el santo Bautismo, aquí la Iglesia relaciona el Adviento como la misma preparación para nuestro nacimiento en la Fe. La tesis citada no afirma el nacimiento en la Fe solo por el hecho de nacer en el tiempo, la Fe se manifiesta como una Gracia de Dios en el bautizado y por ende cobija literalmente todo su tiempo vivido y construido sobre la base o fundamento de la Gracia manifestada en la Encarnación del Verbo de Dios. Desde nuestra óptica de Fe podemos afirmar con absoluta seguridad que el Adviento mueve al creyente a vivir decididamente como parte de la obra redentora anunciada antes por los profetas y hoy afirmada por la vida ministerial de la Iglesia y la ministerialidad de los ministros ordenados y laicales (4).

EN LA HISTORIA.

No se puede determinar con ningún grado de certeza cuándo se introdujo en la Iglesia por primera vez la celebración del Adviento. La preparación para la fiesta de la Navidad no se celebraba antes que existiera la fiesta misma, y no encontramos evidencia de esto antes del final del siglo IV cuando (5) se celebraba en toda la Iglesia, por algunos el 25 de diciembre, por otros el 6 de enero. Leemos sobre tal preparación en las Actas de un sínodo efectuado en Zaragoza en el 380, cuyo cuarto canon prescribe que desde el 17 de diciembre hasta la fiesta de la Epifanía no está permitido a nadie ausentarse de la iglesia. Tenemos dos homilías de Máximo, obispo de Turín (415-466), tituladas “In Adventu Domini”, pero él no hace referencia a ningún tiempo especial. El título puede ser la adición de un copista. Existen algunas homilías, probablemente de Cesáreo obispo de Arlés (502-542), en las que encontramos mención de una preparación antes de la Navidad; todavía, a juzgar por el contexto, no parece que exista ninguna ley general sobre el asunto. Un sínodo efectuado en Mácon, en Galia (581), en su canon noveno ordena que desde el 11 de noviembre hasta la Navidad el Sacrificio sea ofrecido de acuerdo al rito de Cuaresma los lunes, miércoles y viernes de la semana. El Sacramentario Gelasiano anota cinco domingos para el Adviento; el Papa Gregorio VII (1073-1085) redujo estos cinco a cuatro. La colección de homilías del Papa Gregorio I (Magno) (590-604) empieza con un sermón para el segundo domingo de Adviento. En el 650 en España se celebraba el Adviento con cinco domingos. 

Varios sínodos hicieron leyes sobre la observancia de ayunos durante este tiempo, algunos comenzaban el 11 de noviembre, otros el 15 y otros tan temprano como el equinoccio de otoño. Otros sínodos prohibían la celebración del matrimonio. En La Iglesia griega no encontramos documentos sobre la observancia del Adviento hasta el siglo VIII.  Teodoro el Estudita (m. 826), quien habló de las fiestas y ayunos celebrados comúnmente por los griegos, no menciona este tiempo. En el siglo VIII lo encontramos observado no como una celebración litúrgica, sino como un tiempo de ayuno y abstinencia (desde el 15 de noviembre hasta Navidad) que, de acuerdo a Goar, fue posteriormente reducido a siete días. Pero un concilio de los rutenianos (1720) ordenó el ayuno desde el 15 de noviembre, de acuerdo a la vieja regla. Esta es la regla al menos para algunos griegos. De manera similar, los ritos ambrosiano y mozárabe no tienen liturgia especial para el Adviento, sino sólo el ayuno.

En el Oficio Divino se omite el himno del Te Deum, el jubiloso himno de alabanza y acción de gracias; en la Misa no se recita el Gloria. Sin embargo, se mantiene el Aleluya. Durante este tiempo no se puede solemnizar el Sacramento del matrimonio (bendición y Misa Nupcial), incluyendo en la prohibición la fiesta de la Epifanía. El sacerdote y los ministros consagrados usan vestiduras color violeta. El diácono y subdiácono en la Misa, en lugar de las dalmáticas usadas normalmente, llevan casullas plegadas. El subdiácono se la quita durante la lectura de la Epístola, y el diácono se la cambia por otra, o por una estola más ancha, puesta sobre el hombro izquierdo entre el canto del Evangelio y la Comunión. Se hace una excepción en el tercer domingo (Domingo de Gaudete), en el que las vestiduras pueden ser de color rosado, o de un violeta intenso; en este domingo los ministros consagrados pueden vestir dalmáticas, que también pueden ser usadas en la vigilia de la Navidad, aunque fuera el cuarto domingo de Adviento. El Papa Inocencio III (1198-1216) estableció que durante el Adviento se usará el color negro, pero el violeta ya estaba en uso para esta temporada a fines del siglo XIII. Binterim dice que había también una ley que ordenaba cubrir las imágenes durante el Adviento. Las flores y las reliquias de los santos no debían colocarse sobre los altares durante el Oficio y las Misas de este tiempo, excepto en el tercer domingo; y la misma prohibición y excepción existía respecto al uso del órgano. La idea popular de que las cuatro semanas de Adviento simbolizan los cuatro mil años de tinieblas en las que el mundo estaba envuelto antes de la venida de Cristo no encuentra confirmación en la Liturgia. La Iglesia en su Liturgia nos devuelve en espíritu al tiempo anterior a la Encarnación del Hijo de Dios, como si realmente se fuera a realizar.

ANÁLISIS DEL TEXTO CITADO COMO FUENTE PRIMORDIAL.

La sucesión de acontecimientos salvíficos en la perspectiva escatológica de la Iglesia nos indica la poderosa determinación de hacer presencia en la historia y el sentir de los bautizados, de esta forma encontramos como en la huella conciliar el tiempo fuerte del Adviento se instala en el corazón de los bautizados y en los distintos ministerios que explicitan los dones y gracias del santo Bautismo recibido en la Iglesia de Cristo. La filiación es clave desde la perspectiva del encuentro atemporal de los creyentes con los signos vivos de su Bautismo (7). Los sucesivos concilios si bien no entraron en el tema aquí citado era claro que el espíritu del adviento no entraba en discusión alguna por ser una praxis atemporal de la liturgia que revivía los misterios anteriores y posteriores a la Encarnación y su componente doctrinal explicitado por la Iglesia en las definiciones dogmáticas.  No implicaba con ello que el Adviento era definido por un dogma o concepto dogmático alguno, pero si estaba inexorablemente unido a las manifestaciones de los momentos críticos de la vida y obra del Redentor. La evolución de sus conceptos se debió sin duda a la adaptación litúrgica en la psique de los bautizados (8). La historia se adapta a las creencias conforme las pone de relieve en sus contenidos y modos de ser adelantadas, esto es, la liturgia aporta según el momento tanto social como cultural y la manera como los conceptos son asumidos radicalmente. Desde el concilio de Zaragoza la Iglesia sintió la necesidad de formalizar su praxis como preparación y concientización a la Encarnación del Hijo de Dios. Fijar el acontecimiento salvífico en el tiempo es más fácil que hacerlo en la psique de los creyentes, por esta razón el Adviento se une legítimamente a la Encarnación y nacimiento Virginal del Salvador del mundo (9). No se trata solo de anunciar un fenómeno en la historia de la humanidad sino de meterlo en lo más profundo de la mente y corazón de cada uno de los bautizados. Zaragoza solo llama a la Iglesia en su dinámica pastoral a insistir en la debida preparación para celebrar el nacimiento del Señor y lo demás nos une a la historia tanto anterior como presente, y luego a la futura configurada a si por los creyentes de todos los tiempos, luego, el Adviento es atemporal como lo es la necesidad de la Encarnación en el plan salvífico de Dios.

La Economía de Salvación toca de lleno el alma de la Iglesia y los bautizados y su misma y profunda razón de ser, esta afirmación hace del Adviento un nexo vital con los acontecimientos que el creyente vive desde la comprensión de su propia experiencia de Fe. Es una espera acompañada por la certeza de la praxis eclesial y la Gracia en ella y toda su ministerialidad que consiste en anunciar el Evangelio salvífico a todas las gentes (Conf. Mateo capítulo 28 versiculo 19) (10) Pretendemos afirmar que la preparación se convierte en Adviento ya que desde la Encarnación nosotros compartimos algo más que la Voluntad salvífica de Dios, su Hijo tomó carne para hacer que lo humano pudiera ser como lo divino desde la posibilidad TOTAL Y TOTALIZANTE (11)de la Gracia. Un llamado que es en si y por si mismo universal por no estar sujeto al tiempo, pero si al amor de Dios. Un llamado en el tiempo que responde a la atemporal Voluntad salvífica de Dios.

Los distintos cambios en la liturgia son signo de la adaptabilidad de los tiempos y su remarcado énfasis en la penitencia preparatoria. Hoy como hace tantos años en el tiempo y no en el pasado la Iglesia vive llena de alegría y esperanza el momento mismo de la entrada histórica del Señor en la vida de la humanidad. Será posible afirmar que los patriarcas y personajes centrales del (A.T) ¿no vivieron este maravilloso tempo espiritual llamado Adviento. ¿Que ellos añorando la “tierra prometida” no entraron en sus corazones buscando la esperanza de su vivencia? (12) Estamos pues bien seguros del Adviento en la historia de salvación de cada uno de nosotros y también como revelación de la Trinidad Salvífica. En este acontecer salvífico es importante que los bautizados tengan presente que no se trata de un “color” o de algunas oraciones y cantos sino de la misma preparación para la vivencia del acontecimiento que toca las fibras de la esencia de la humanidad, nunca antes en la mitología clásica o en mitos distantes en el tiempo sus deidades se habían hecho uno de ellos y como ellos, sumados en especie como ellos y por ellos. Tampoco encontramos tal contenido en la tradición sionista, Israel esperaba un salvador de su orden social y cultural y no un Dios Humanado (13). El salto dialéctico de nuestro tiempo litúrgico evoca las profundidades de la Fe de la Iglesia.  Solo desde la Fe personal y eclesial los bautizados pueden entender en gran medida este tiempo litúrgico y toda su importancia.

Las expresiones de alegría y regocijo en la liturgia son propias de los estados emocionales de los bautizados, y como tal, cada uno de ellos son fruto de su preparación para algo mayor, en este caso de los tiempos litúrgicos contenidos en el año litúrgico de la Iglesia. Esperamos pues, que los colores reflejen el estado de pureza espiritual que necesitamos para vivir en la tradición eclesial este tiempo fuerte de nuestra liturgia (14).

EN LA TRANSVERSALIDAD DE LA HISTORIA SALVÍFICA.

La Iglesia como Madre espiritual se prepara para celebrar el advenimiento del Mesías, de su Señor, Cabeza y Salvador, es tal la respuesta de su Fe que cada uno de los bautizados tienen presente el valor de la espera, de una espera que se refleja en la Liturgia y en los corazones expectantes. Desde la época pre-mesiánica hasta los tiempos del Bautista, la expectación es una y la misma, el advenimiento del Mesías y la restauración de Israel.  Es también una consideración enraizada en la psique del pueblo y sus anhelos de libertad y autonomía, la misma que habían perdido bajo la dictadura romana, el yugo extranjero había minado la esperanza del pueblo y el judío vivía por Fe aguardando el momento de traducir la promesa hecha a Abraham y a Moisés en un signo vivo y concreto del Dios con nosotros Isainiano: “El Señor mismo os dará una señal. Mirad: la virgen encinta da a luz un hijo, a quien ella pondrá el nombre de Emanuel”. (Isaías capítulo 7 versículo 14) o el texto de Jerusalén original “Dat Dominus Ipse vobis signum; Ecce do. Vírginis et parit filium, quem no erit nomen eius Emmanuhel” (15) Nos indica el signo-símbolo esperado y profetizado bajo la reconstrucción de la dignidad y libertad nacional por parte de Dios, que toca la conciencia de cada israelita de aquella época. La espera se anima con la esperanza de la restauración y la soberanía de Dios sobre su pueblo. El Dios que los escogió es el mismo que les prometió y en ellos figura nuestra del advenimiento del Mesías. La relación salvífica se manifiesta en las acciones del pueblo que aguarda bajo el signo vivo de su conciencia la instauración de un reinado más glorioso que su héroe nacional, me refiero al Rey David. Es pues el Mesías un Rey de naturaleza plena cuya presencia nace en el corazón del creyente y no en la potencia de sus ejércitos (16).

·         Colores litúrgicos señalados por la Iglesia entre los siglos V y el presente:
·         Rosa.
·         Negro.
·         Azul.
·         Morado.
·         Signos visibles:
·         Corona de Adviento y cinco cirios, cada uno de ellos marca el tiempo propicio de la liturgia y como este tiempo fuerte camina en la Iglesia (1 semana morado, segunda semana morado, tercera semana rosa y cuarta semana morado, el blanco señala la Natividad del Señor).
·         Se omite el Gloria.
·         Se conserva el Aleluya, aunque nuestra rubricas bien pueden señalar omitirlo durante este tiempo.
·         Posee su propia Himnología que remarca la intención de este tiempo litúrgico, Persiste la alegría y la esperanza en el acontecimiento salvífico señalado por el Adviento.

El Adviento está tocado, de una forma muy particular, por la característica de la esperanza. La esperanza como virtud que sostiene al alma, que consuela al ser humano. Teniendo en cuenta este sentido esperanzador del Adviento, creo que cada uno de nosotros tendría que reflexionar sobre el tema de lo que es la esperanza en su vida (17). Es decir, sin la fundamentación de nuestra esperanza en Cristo es imposible suponer la espera confiada en el Dios revelado y por ende encarnado.  La historia que se confirma en Adviento es la historia del Dios personal que llamamos Padre, Hijo y Espíritu Santo, el Dios de la tradición Yavista, Elohista, Deuteronomista, Sacerdotal, es el Dios que se revela personal e intransferible pero que con todo y lo que expresa su naturaleza tiene espacio en su corazón para contemplar las vicisitudes de su pueblo y responder como un Dios amoroso. Es pues, de esta forma como nuestra historia camina sujeta de la revelación y como la revelación reclama como escenario su vivencia trascendente. Adviento por vez primera relaciona salvíficamente la entrada de Dios en la historia humana y no de cualquier manera sino desde la perspectiva de nuestra especie. Es un Dios provisto de historia y en una dinámica dialéctica que sobrepasa cualquier concepción anterior sobre lo divino y lo humano. Es un Dios cuyo atributo relacional lo llamamos esperanza y así mismo llega a la persona humana. El cristiano se alegra y sufre como todos los mortales, pero mantiene siempre la certeza de una vida que no acaba, de una felicidad que no termina, y eso le llena de esperanza, incluso en los momentos más duros de su vida. Pues nuestra alegría pasa por la comprensión del Dios encarnado, de la forma como es bendecida nuestra historia común y la manera de no perder de vista que su entrada histórica es signo vivo de nuestra salvación.

“El Hijo de Dios en persona, aquel que existe desde toda la eternidad, aquel que es invisible, incomprensible, incorpóreo, principio de principio, luz de luz, fuente de vida e inmortalidad, expresión del supremo arquetipo, sello inmutable, imagen fidelísima, palabra y pensamiento del Padre, él mismo viene en ayuda de la criatura, que es su imagen: por amor del hombre se hace hombre, por amor a mi alma se une a un alma intelectual, para purificar a aquellos a quienes se ha hecho semejante, asumiendo todo lo humano, excepto el pecado. Fue concebido en el seno de la Virgen, previamente purificada en su cuerpo y en su alma por el Espíritu (ya que convenía honrar el hecho de la generación, destacando al mismo tiempo la preeminencia de la virginidad); y así, siendo Dios, nació con la naturaleza humana que había asumido, y unió en su persona dos cosas entre sí contrarias, a saber, la carne y el espíritu, de las cuales una confirió la divinidad, otra la recibió” (18).

El período de las promesas se extiende desde los profetas hasta Juan Bautista. El del cumplimiento, desde éste hasta el fin de los tiempos. Fiel es Dios, que se ha constituido en deudor nuestro, no porque haya recibido nada de nosotros; sino por lo mucho que nos ha prometido. La promesa le pareció poco, incluso; por eso, quiso obligarse mediante escritura, haciéndonos, por decirlo así, un documento de sus promesas para que, cuando empezara a cumplir lo que prometió, viésemos en el escrito el orden sucesivo de su cumplimiento. El tiempo profético era, como he dicho muchas veces, el del anuncio de las promesas. Prometió la salud eterna, la vida bienaventurada en la compañía eterna de los ángeles, la herencia inmarcesible, la gloria eterna, la dulzura de su rostro, la casa de su santidad en los cielos y la liberación del miedo a la muerte, gracias a la resurrección de los muertos. Esta última es como su promesa final, a la cual se enderezan todos nuestros esfuerzos y que, una vez alcanzada, hará que no deseemos ni busquemos ya cosa alguna. Pero tampoco silencio en qué orden va a suceder todo lo relativo al final, sino que lo ha anunciado y prometido.

Y todo esto, de acuerdo con la historia y a la letra, se cumplió precisamente cuando Juan Bautista predicó el advenimiento salvador de Dios en el desierto del Jordán, donde la salvación de Dios se dejó ver. Pues Cristo y su gloria se pusieron de manifiesto para todos cuando, una vez bautizado, se abrieron los cielos y el Espíritu Santo descendió en forma de paloma y se posó sobre él, mientras se oía la voz del Padre que daba testimonio de su Hijo: Éste es mi Hijo, el amado; escuchadlo (19).

El sentir de los Santos PP. de la Iglesia es absolutamente claro y concordante con nuestra propia tradición, en la vivencia de la historia eclesial reconocemos hoy que la doctrina sobre este tiempo presente intuitivamente en los PP. de la Iglesia no difiere en nada de la postura actual de nuestra catolicidad anglicana (20).  La percepción intuitiva de los “Carolinos” según su tiempo y durante la Reforma en la Iglesia de Inglaterra nunca se desconectó dialécticamente de esta preparación espiritual, será radicalmente afirmada por los PP. del Movimiento de Oxford (21) que desde la dinámica citada anteriormente reconocen en el Adviento una restauración inteligente de las tradiciones de contenido espiritual como es el Adviento. En el desarrollo de una conciencia local unida a la catolicidad y por ende universalidad de su Fe. No fue ni es un copiar ideas ajenas, el Adviento es parte de nuestro sentir eclesial. Llega unido a la vivencia de la tradición y magisterio que descansa sobre la sapiencia de los Santos PP. latinos y griegos. La tradición cultural que deriva del Adviento es muy poderosa y precisamente marca los ritmos de sus distintas vivencias siendo así como en algunos lugares es más radical su vivencia que en otros (22). Hoy podemos afirmar sin temor a equivocarnos que se ha perdido mucho de su contenido al relajar la praxis espiritual en la vida de Fe de los creyentes, hablamos de una semana en la que el color cambia por motivos de “refrigerio” ante la penitencia, pero hoy me pregunto ¿Cuál penitencia? Si todo se ha venido relajando al punto de antropizar la praxis de la penitencia, ayuno y oración buscando excusas de todo tipo. El relajar las tradiciones implica negativamente caer en el relativismo e indiferentismo (23) ante el valor supra de sus prácticas. El sensualismo y sensitiva de la realidad desgasto hace ya mucho rato el valor del sacrificio personal y su unión con el totalizante de Cristo en la Cruz. E sufrimiento esta mandado a recoger, pero persisten las esclavitudes y frivolidades en un mundo comprometido con el ser material. Tenemos una liturgia que desde la tradición de nuestra catolicidad aboga por un retorno sistemático a los caminos de la disciplina eclesial donde la praxis de nuestra Fe sea coherente y sin tantas excusas (24), Toda relación personal que entablamos con quienes nos rodean implican sacrificios de algún tipo, desde convencionalismos sociales hasta factores culturales, pero en cuanto a la Fe se esta predicando un Dios ligero dietético al que se puede servir sin ningún tipo de sacrificio. No se trata de grandes y agotadoras faenas de trabajo espiritual, pero sí de la justa valoración de una relación que nace en la realidad espiritual del bautizado. Estamos criando creyentes frágiles apegados al confort espiritual de algunos cantos y oraciones que despiertan su sensibilidad y nada más que eso (25).

En una interpretación absolutamente positiva de la historia salvífica la Iglesia durante los distintos tiempos fuertes de la liturgia quiere mostrarnos cómo vivirlos, como si se tratara de un acontecimiento que apenas esta sucediendo. Esta primicia nos invita decididamente a contemplar el Adviento como un auténtico llamado a involucrarnos en el nacimiento espiritual del Salvador… (26).


 CIBERGRAFÍA/FUENTES Y ARTÍCULOS CITADOS.

1.      Nota del autor.
2.      Nota del autor.
3.      Nota del autor.
4.      Nota del autor.
5.      Duchesne (Culto Cristiano, Londres, 1904, 260)
6.      Fuente: Mershman, Francis. "Advent." The Catholic Encyclopedia. Vol. 1. New York: Robert Appleton Company, 1907// Enlaces preparados y seleccionados por José Gálvez Krüger.
7.      Nota del autor.
8.      Nota del autor.
9.      Nota del autor.
10.  https://www.bibliacatolica.com.br › La Biblia de Jerusalén › Mateo.
11.  Nota del autor.
12.  Nota del autor.
13.  Nota del autor.
14.  Nota del autor.
15.  BIBLIA DE JERUSALÉN, Edición Española. Dirigida por José Ángel UBIETA, 1975.
16.  cristoeseltema.blogspot.com › 2017/12 › espiritualidad-del-adviento.
17.  Artículo, EL ADVIENTO, Tiempo de Esperanza. Pbro. Cipriano Sánchez; fuente. Catholic. Net. 2017.
18.  De los Sermones de San Gregorio Nacianceno (Sermón 45,9.22.26.28, paginas 634-66.
19.  De los comentarios de Eusebio de Cesárea (Sobre el libro de Isaías, capitulo, 40, página 24, 366-267).
20.  Nota del autor.
21.  Nota del autor.
22.  Nota del autor.
23.  Nota del autor.
24.  Nota del autor.
25.  Nota del autor.
26.  Nota del autor.


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